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Me duele el craneo...

Desde hace poco más de un año me di cuenta que detras del craneo, (justo donde termina el cuello y comienza la cabeza) me había salido una bolita incrustada en la piel del tamaño de una canica, quiza un poco más grande. Obviamente, como un verdadero macho que soy, jamás fui a un doctor (doct... que??? que es eso???),sino que dejé que desapareciera solita. Nomas investigue un poquito en internet sobre qué podría ser.
La bolita nunca desapareció y en internet sólo encontré que podría ser a causa de estrés.
Durante el año siguiente dejé a la bolita vivir. Decía: pues si ella no me molesta... ¿por qué tendría que molestarla yo?
En ocasiones jugaba con Mayita y le decía: 
-Mayis, mayis... ya tenemos un hijito! -Hay!!! que lindo, ¿me compraste un perrito? -Nel, me salió un tumorcito en el craneo, míralo. ¿A poco no está hermoso? -Hay eres un estupido!
Obviamente ella y mi mamá se encargaron de atormentándome diciendo que me revisara esa cosa pero nunca les hice caso.
Ayer por la mañana mientras le da…

Coronel.

Aunque se le recuerda como un hombre duro, la realidad es que era tierno y frágil. Era alguien que pedía a gritos un abrazo sin siquiera pronunciar una palabra. Quienes lo conocimos bien, sabemos que era más fácil hacerlo llorar que hacerlo gritar. Le gustaba tener el control, una simple mirada bastaba para lograrlo. De él aprendí a no fallar, aprendí a valorar, aprendí de orden y aprendí amar. Porque a pesar de su tendencia machista, cariño nunca falto. 
Me enseñó a no hacerme pequeño ante nadie. Me enseñó a ser responsable. Me enseñó el arte de escribir mis sentimientos y no enseñárselos a nadie. Me enseño que las lágrimas están bien y que no hay nada como la música para expresar los sentimientos que se llevan en el corazón.
Me enseñó a contar, me enseñó a leer y me enseñó que hasta para la muerte hay que estar preparados. 
Muchas gracias, Coronel.
Gracias por enseñarme a no dejar de sentir.

Somos peces de ciudad.

Desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis sueños va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje,
luciendo los tatuajes
de un pasado bucanero,
de un velero al abordaje,
de un no te quiero querer.



Y cómo huir
cuando no quedan islas para naufragar
al país donde los sabios
se retiran del agravio
de buscar labios
que sacan de quicio.
Mentiras que ganan juicios tan sumarios
que envilecen el cristal de los acuarios
de los peces de ciudad,
que perdieron las agallas
en un banco de morralla,
que nadan por no llorar.